Animales racionales y dependientes

Dependent Rational Animals

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Paidós. Barcelona (2001). 204 págs. 1.900 ptas. Traducción: Beatriz Martínez de Murguía.

La propuesta de MacIntyre en este ensayo está recogida fielmente en el título: la moralidad del ser humano debe tomar en consideración el hecho de nuestra condición material y biológica, y en consecuencia los límites de nuestra autonomía. Las limitaciones de todo tipo, a las que no podemos hacer frente sin el concurso de otros, están presentes de modo constante en el horizonte de nuestra vida: desde nuestra primera infancia hasta nuestra vejez, e incluso en los momentos en los que nuestras capacidades alcanzan su máximo desarrollo.

Para quienes conocen la trayectoria intelectual de MacIntyre, resulta evidente que su pensamiento está muy alejado de cualquier forma de materialismo o determinismo. Su punto de referencia sigue siendo Aristóteles. De hecho, las descripciones del hombre como animal (racional, político, etc.) son muy propias de este pensador griego. En consonancia con él, MacIntyre sigue abogando por una ética de virtudes. La pregunta que se formula en esta fase de su pensamiento es: ¿cuáles son las virtudes más necesarias y específicas del hombre, entendido como animal racional y dependiente?

En el fondo, este énfasis del autor en la descripción del hombre como especie animal tiene que ver con su rechazo del dualismo, que irrumpe con fuerza en la modernidad de la mano de Descartes y su distinción entre la res cogitans y la res extensa. El mundo de la naturaleza estaría regido por leyes mecánicas, de modo que los animales serían una suerte de autómatas. La libertad, y por tanto la moralidad, se situaría en otro ámbito, el del espíritu. El sujeto propio de la ética sería un individuo que, en su dimensión espiritual, estaría desligado de procesos necesarios.

A juicio de MacIntyre, esta explicación presenta una imagen abstracta e irreal del ser humano, como si el sujeto moral apareciera de improviso, con plena capacidad para ejercitar autónomamente sus capacidades, en un escenario en el que no depende de nadie ni nadie depende de él. La realidad demuestra que tanto nuestra biografía personal, como las situaciones actuales de muchos de quienes nos rodean, es inseparable de numerosas limitaciones, minusvalías y necesidades que no podemos atender por nosotros mismos. Incluso aunque nos situemos en la perspectiva de "razonadores prácticos e independientes" (modo en el que MacIntyre describe al sujeto en su momento de madurez ética), advertimos que el proceso por el que hemos alcanzado esa posición ha requerido necesariamente la ayuda de otros: padres, educadores, etc.

Como consecuencia de estas premisas, MacIntyre aboga por el desarrollo de las "virtudes del reconocimiento de la dependencia". Resulta interesante su descripción de la generosidad, de la liberalidad y, en particular, de la misericordia. Se trata de una respuesta enérgica ante los planteamientos de corte utilitarista, en los que la regulación de las relaciones humanas se define por una especie de aritmética de intereses personales.

Cuando desciende a una descripción concreta de la situación actual, MacIntyre emite un juicio más bien pesimista. Según su análisis, las formas que adoptan en nuestra cultura las relaciones sociales y familiares no son las más aptas para el desarrollo de este tipo de virtudes.

Con este libro se enriquece la bibliografía reciente en la que diferentes autores atemperan la tendencia a considerar la ética como cualidad de un ser activo y autónomo; y toman en cuenta las numerosas dependencias recíprocas, tanto en el plano puramente biológico, como en el cultural.

José Aguilar

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