Alimentos caros, pero no escasos

La ayuda internacional tiene que pasar de dar comida a favorecer la agricultura de los países en desarrollo

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En sus reuniones de primavera, celebradas la semana pasada en Washington, el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han alertado sobre el peligro que la subida de los precios de los alimentos supone para los pobres del mundo. La crisis, advierten, es ya claramente perceptible en al menos seis países: Bangladesh, Burkina Faso, Guinea, Haití (donde el encarecimiento ha provocado graves disturbios y ha hecho caer al gobierno), Senegal y Yemen. Y precisamente cuando más ayuda alimentaria hace falta, las organizaciones que la prestan se ven limitadas a causa del mismo encarecimiento.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU dice que en su presupuesto de este año faltan 500 millones de dólares, y el presidente del BM, Robert Zoellick, pidió a los gobiernos de los países ricos que pusieran el dinero. También USAID, el organismo de ayuda oficial norteamericano, ha anunciado que necesita una inyección de 350 millones de dólares.

Las instituciones multilaterales reclaman más esfuerzos a los países desarrollados y critican duramente los subsidios al etanol, biocombustible cuya aureola verde se desgasta rápidamente (pero el comunicado final del Comité de Desarrollo, órgano conjunto del BM y el FMI, no los menciona). Lo que el FMI no recomienda es instaurar controles de precios, cosa que han hecho países como China, Rusia, Tailandia o Venezuela, para proteger a los pobres contra el encarecimiento de la comida. Tal medida, dice el FMI, solo sirve como excepción y por corto tiempo. En otro caso, al impedir a los agricultores vender a precio de mercado, acaba desalentando la producción y provocando desabastecimiento, hace que se forme un mercado negro y estimula la inflación.

De hecho, en Venezuela ya ha empezado a fallar el suministro a los mercados. En Argentina, las barreras a la exportación en forma de elevados impuestos han movilizado a los campesinos contra el gobierno de Cristina Fernández.

En cambio, el presidente peruano Alan García, que en su anterior mandato (1985-1990) impuso control de precios de los alimentos, ahora no quiere repetir la experiencia. Entonces el resultado fue el previsible: largas colas ante las tiendas e inflación desbocada. Esta vez, García ha optado por fomentar la sustitución de los cereales por patata, que Perú produce en grandes cantidades, por una política monetaria estricta para contener la inflación y por ayudas directas a los pobres, que es la receta del FMI.

El Fondo, en efecto, insiste en que el remedio no es abaratar artificialmente los alimentos, lo que supone subvencionar también a los que no lo necesitan, distorsionar el mercado y desperdiciar la parte buena que tiene la subida de precios: aumenta los ingresos de los agricultores.

La causa de la subida de los precios agrícolas no es escasez alguna, sino el fuerte aumento de la demanda en los países emergentes (sobre todo China e India) y los subsidios al etanol (ver Aceprensa 139/07). Alimentos no faltan, pero se han hecho demasiado caros para los más pobres. La situación actual pone de relieve los errores de la ayuda alimentaria y brinda una oportunidad para corregirlos, según algunas ONG y el propio PMA.

El principal error es de diagnóstico: hasta ahora, la asistencia internacional ha definido su misión como combatir el hambre y se ha centrado en distribuir alimentos por todos los medios posibles. Pero, fuera de emergencias excepcionales y localizadas (Corea del Norte, Darfur), que no admiten otro remedio que enviar comida, los países en desarrollo no padecen hambre ni escasez, sino malnutrición debida a la pobreza. Para ilustrar esta diferencia, Meera Shekar, experta del BM, señala que el sudeste asiático, donde hay abundancia de alimentos, presenta una tasa de malnutrición que duplica la del África subsahariana, mucho más vulnerable a crisis de producción (The Economist, 29-03-2008).

La malnutrición requiere soluciones más complejas que mandar sacos de trigo. Hay que reforzar la atención sanitaria, establecer sistemas de prevención, enseñar higiene y dietética elemental a la gente… y desarrollar la agricultura, pues es más importante estimular la producción local que suplir su déficit con ayuda exterior.

A esos objetivos se pretende reencaminar la ayuda internacional, que en diversos países es necesaria para asegurar el abastecimiento de la población. El gobierno norteamericano proyecta una reforma de las operaciones de USAID, para dar menos comida y más asistencia a los agricultores de los países en desarrollo. También Josette Sheeran, directora del PMA, propondrá en la asamblea del organismo, en junio próximo, dejar de centrarse en la ayuda de emergencia y trabajar en objetivos a largo plazo, como vigilancia de cosechas y abastecimiento, gestión de reservas o seguros contra sequía u otras contingencias.


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