“Crepúsculo”: La Bella y el vampiro

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Hace cinco años Stephenie Meyer, un ama de casa americana mormona de 34 años, licenciada en literatura inglesa por la Universidad Brigham Young, tuvo un sueño: una joven adolescente se enamoraba de un vampiro. Ese fue el arranque de Crepúsculo, el primer libro de una saga de cuatro que ya ha vendido 17 millones de ejemplares en todo el mundo, cuenta con miles de sitios en Internet y se ha llevado al cine con gran éxito de taquilla.

Sobre todo, Meyer ha conseguido que un público que se escaquea de la lectura devore libros que superan con creces las 500 páginas. Pero el planteamiento de la saga no es tan inocente ni real, y no solo por los vampiros…

Lo que cuenta la saga

Bella tiene 17 años. Es una chica normal, bastante patosa e hija de padres divorciados. Cuando su madre se vuelve a casar, decide vivir una temporada con su padre, que trabaja como policía en Forks, un pequeño pueblo de clima gélido. Bella empezará allí sus clases en el instituto y entablará relación con sus primeros amigos. Pronto conocerá a los Cullen, cinco extraños y guapísimos jóvenes -tres chicos y dos chicas- hijos adoptivos de un prestigioso médico.

Uno de los chicos, Edward, atraerá de manera especial a Bella, especialmente desde el día en que le salva la vida y descubre que los Cullen, en realidad, son vampiros, capaces de vivir entre humanos, porque -gracias a un severo autocontrol que intentan no quebrar- se alimentan solo de sangre animal. La pasión amorosa entre los dos jóvenes crecerá a velocidad vertiginosa, a pesar de las dificultades que entraña la relación con un vampiro poderoso e inmortal que “aparenta” 17 años pero que, en realidad, ha cumplido ya un siglo.

El segundo libro, Luna nueva, empieza con la celebración del 18 cumpleaños de Bella en casa de los Cullen. Al abrir uno de los regalos, la joven se corta un dedo y eso provoca el ataque de Jasper, uno de los hermanos vampiro al que le cuesta más que al resto abstenerse de beber sangre humana. Edward salva a Bella, pero, al día siguiente, decide abandonarla para no volver a poner en peligro su vida. La joven cae en un profundo estado de depresión del que no sale durante meses. En ese tiempo, estrechará su amistad con Jacob, un chico fuerte hijo de un viejo amigo de su padre y descubrirá que escucha la voz de Edward si se pone en una situación real de peligro.

Eclipse es el título del tercero de los libros, en el que se cuenta cómo el apasionado romance entre Bella y Edward tiene que soportar algunas pruebas; por una parte, la rivalidad entre el vampiro y Jacob, que está perdidamente enamorado de Bella y que despierta la tradicional lucha entre vampiros y licántropos (hombres lobo). Por otra, Edward y Bella han sellado un trato; él se ha comprometido a transformar a la joven en vampiro después de la graduación, si antes se casan. El problema es que a Bella el matrimonio le asusta mucho más que cualquier otra cosa.

A pesar de todo, Amanecer, el libro que cierra la saga, empieza con la boda entre los dos jóvenes, la luna de miel, y la culminación del mayor deseo de Bella: tener relaciones sexuales con el vampiro siendo todavía humana. Aunque, en principio, los vampiros no pueden tener hijos, Bella se queda embarazada. Edward intenta que aborte para evitar el peligro que corre la madre, pero Bella se empeña en tener a su hija Renesme que nacerá con muchas dificultades y tras solo un mes de embarazo.

Había un quinto libro, Sol de medianoche, en el que Meyer narraba los hechos de Crepúsculo desde el punto de vista de Edward. Pero, por una filtración, los doce primeros capítulos aparecieron en Internet y la autora, con un disgusto considerable, decidió suspender la escritura de la saga.

Valor narrativo

En cuanto al género literario, la obra de Meyer no tiene “problemas de encuadre”: se trata de una novela -o novelón por el tamaño- romántica, escrita bajo los rígidos cánones del best-seller, con un lenguaje sencillo y directo, aunque no descuidado, y dirigida, en principio, a un público joven y adolescente predominantemente femenino. Y esto último porque la novela está escrita en primera persona desde la perspectiva de la joven protagonista. Quizás precisamente el mayor mérito de Crepúsculo -y lo que ha convertido la saga en un éxito entre millones de chicas- es que refleja bien el complejo discurso interior de una adolescente, especialmente en cuestiones afectivas. En este sentido, Meyer, como mujer, manifiesta un buen conocimiento de la psique femenina.

Otro logro es que la autora evita prácticamente las descripciones de los personajes principales. Esto ayuda a que el lector joven, normalmente más imaginativo que el adulto, pueda identificarse con alguno de ellos y figurarse al resto de los protagonistas como prefiera. Por otra parte, hay astucia al escoger unos elementos que, mezclados, constituyen un auténtico anzuelo para una lectora joven: un amor apasionado y peligroso, un personaje oscuro y violento que, al mismo tiempo, es un perfecto caballero y del que -aparte de su belleza- solo se detalla cómo es su voz y su sonrisa (otro acierto de la autora), una adolescente arriesgada y curiosa y una familia encantadora y sólida con miles de secretos.

Además, y para quien la trama amorosa no sea suficiente, hay algunas largas narraciones sobre vampiros y licántropos muy fantasiosas y sacadas directamente de la imaginación de la autora, que confiesa no haberse documentado apenas sobre tradiciones vampíricas. En esta misma línea, hay numerosos episodios en la saga que cuentan en tono más humorístico algunas curiosidades de lo que supone el día a día de un vampiro; desde su imposibilidad para dormir hasta su habilidad en el agua, su capacidad de leer el pensamiento o la forma de cazar para alimentarse. Es al abordar la leyenda de los vampiros y su vida cotidiana, cuando la saga Crepúsculo se acerca mucho a algunos pasajes narrativos de la obra de J.K. Rowling.

El amor y el sexo según Meyer

Pero a pesar de este telón de fondo de leyenda fantástica y de misterio, el plato fuerte de la saga y lo que engancha definitivamente a las lectoras es la historia de amor entre Edwrad y Bella. Hay en esta historia material más que de sobra para atraer a jóvenes y adolescentes. La relación entre Edward y Bella comienza de una forma extraña; él la rechaza nada más conocerla (pocas páginas después sabremos que el motivo es el intenso deseo que despierta en el vampiro el olor de la sangre de Bella) y ella se siente fuertemente atraída hacia el misterio que encierra este rechazo. Cuando conozca la naturaleza de Edward y le acepte como es -no le importa que sea vampiro- se consolidará un romance -que dura los tres primeros libros de la saga- muy pasional y físico: Edward desea la sangre de Bella y ella el cuerpo del vampiro.

Al llegar a este punto conviene aclarar cuál es la postura ideológica de la autora en relación a la sexualidad, el amor y la trascendencia. Stephenie Meyer tiene una visión trascendente de la vida y en su novela plantea cuestiones como la existencia del alma, la maldad intrínseca de algunas acciones, la necesidad del sacrificio y la generosidad en el amor y la importancia de la fidelidad a los compromisos.

Además, Meyer es mormona practicante y, como tal, defensora de las buenas costumbres (no aparecen en su novela ni alcohol, ni drogas, ni orgías, ni palabras malsonantes) y contraria a las relaciones sexuales antes del matrimonio. En este sentido, la negativa de Edward a tenerlas antes de la boda es tajante. El vampiro se niega por la propia seguridad de Bella, pero también, según le confiesa, para no quebrar la única virtud que posee desde su transformación en vampiro: la castidad. Por su parte, Bella, que durante las tres primeras novelas manifestaba un intenso deseo de unirse a Edward y un tremendo rechazo al matrimonio (en parte por la mala experiencia del divorcio de sus padres), entiende la noche de su boda que el paso que supone esa intimidad física necesita tener como fondo un compromiso estable y fuerte.

Esta visión de las relaciones sexuales no impide que, en la novela, los dos amantes lleven sus manifestaciones de pasión hasta el límite. El ambiente que rodea a su exaltada pasión es de una extremada sensualidad, envolvente, muy erótica y aquí sí, bastante descriptiva, aunque siempre cuidando no caer en la pornografía (prohibida por los mormones); los novios se besan y acarician casi en cada página; Edward pasa las noches abrazado a Bella y la joven insiste en probar continuamente la resistencia del vampiro.

Relación obsesiva

Por otra parte, la autora da una importancia vital al plano físico y sexual de la relación. Esto es patente especialmente en la cuarta novela -la más explícita en sus descripciones porque los protagonistas están casados- en la que, practicamente, se valora la solidez del matrimonio por el nivel de satisfacción física.

Frente a una cultura como la actual que bombardea al joven con imágenes y expresiones sexuales muy explícitas, violentas y directas, se entiende que muchas chicas se vean atraídas por las románticas, eróticas y aparentemente respetables manifestaciones afectivas de Crepúsculo, donde además es siempre el chico el que cuida la virtud de la chica.

Un lector adulto se da cuenta, en seguida, de que esta visión de la afectividad y la sexualidad, vivida siempre al límite, es -como señalaba una crítica publicada en el Washington Post- una “extraña defensa de la abstinencia”. Extraña por irreal, imposible, forzada y, en ocasiones, morbosa, por encuadrarse en un entorno de peligro físico para Bella y por la continua confusión entre el apetito sexual y el deseo de sangre.

Para este mismo lector, es claro también que la relación entre Edward y Bella, muy centrada en ellos mismos y absolutamente obsesiva, es más enfermiza que sana; que el retrato de Edward -que, además de novio, amante y amigo de Bella, actúa como padre y superhéroe y carece de cualquier defecto- es eso, una ficción irreal, o que para construir un matrimonio y una familia hace falta algo más que riesgo pasional y efluvios hormonales. La cuestión es que la saga Crepúsculo no la leen los adultos, sino colegiales de entre 12 y 18 años.

En definitiva y, a pesar del éxito de ventas, la obra es narrativamente floja, ideológicamente muy confusa y, aunque está dirigida a los adolescentes, su contenido es más propio para adultos. Además, para leerla -2.500 páginas- hacen falta muchas horas, horas que quizás compense invertir en una literatura de vuelo más alto.


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