El problema del mal

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La cuestión del mal, señala Morerod, se plantea con toda fuerza a los cristianos, por la elevada idea que tienen de la bondad y el poder de Dios, y de la dignidad del hombre. ¿Cómo conciliar esa idea con la enorme cantidad de sufrimiento causado por desastres naturales o por la acción humana?

El ateo Le Poidevin formula la dificultad de esta manera: “Si Dios es omnisciente, será consciente del sufrimiento; si es todopoderoso, será capaz de impedir el sufrimiento; y si es absolutamente bueno, deseará impedir el sufrimiento. Pero está claro que no impide el sufrimiento, por tanto o no existe tal Dios, o si existe, no es omnisciente, todopoderoso y absolutamente bueno, aunque puede ser una o dos de esas cosas”. Este autor añade que la evidencia del mal constituye una objeción contra el argumento a favor de la existencia de Dios basado en el orden del universo, pues no hay solo orden, sino también desorden, catástrofes y dolor.

Comte-Sponville precisa el problema distinguiendo entre mal y limitación. “Que haya mal en el mundo (...) se podría comprender y aceptar. Es el precio que pagar por la creación: si el mundo no incluyera mal alguno, sería perfecto; pero si fuera perfecto, sería Dios, y no habría mundo... Sea. Eso puede explicar que haya mal en el mundo. Pero ¿era necesario que hubiera tanto?” Frente a tal abundancia de dolor, “el pecado original da una explicación ridícula u ofensiva”. Comte-Sponville no olvida que de muchos males son responsables los hombres; pero dice que eso no deja intacto a Dios: “¿quién ha creado la humanidad?”, pregunta.

A la respuesta de que Dios permite el mal sin ser cómplice de él porque nos deja libres, Comte-Sponville replica que es inconciliable con la idea de Dios como padre bueno ocultarse y abstenerse “cuando sus hijos son deportados, humillados, asesinados, torturados” en “Auschwitz, el Gulag o Ruanda”.

Hay mal, luego Dios existe

También Tomás de Aquino captó la relación entre la cuestión del mal y la relativa a la existencia de Dios; pero advertía que han de ser planteadas en el orden debido. Empezar por el mal puede llevar a una vía sin salida. Si primero se resuelve la cuestión de la existencia de Dios, el problema del mal no deja de ser un misterio, pero puede ser iluminado hasta cierto punto.

“Boecio -escribe Tomás en la Suma contra los gentiles, III, 71- presenta a un filósofo que pregunta: ‘Si Dios existe, ¿por qué hay mal?’ Habría que razonar al revés: si hay mal, Dios existe. Pues si se suprimiera el orden del bien, no habría mal, que es la privación del bien. Y ese orden no existiría si no existiese Dios”. Por tanto, el problema del mal no decide la cuestión sobre la existencia de Dios, que es previa. Análogamente, el desorden al que se refiere Le Poidevin presupone un orden, lo que remite al origen de ese orden.

El conocimiento que Dios tiene del mal que los hombres cometen no le hace cómplice, porque no impone necesidad a las acciones humanas, advierte santo Tomás.

Sobre la libertad y el mal, Tomás de Aquino subraya que Dios ha dotado a sus criaturas de verdadera capacidad de actuar, lo que implica que sus acciones tengan consecuencias reales. Si a las criaturas libres no les permitiera causar efectos malos, tal libertad sería ficticia. Por tanto, dice Tomás, “Dios permite que se produzcan algunos males para que no resulten impedidos muchos bienes”: la misma libertad, la capacidad de enmendarse, el heroísmo en la resistencia al mal, la solidaridad con los que sufren...

Pero, como con toda la tradición cristiana recuerda Morerod, el mal, sobre todo el sufrimiento de los inocentes, es un problema que ningún razonamiento puede resolver del todo. El mayor esclarecimiento es aporte de la fe, y viene de la cruz y la resurrección de Cristo, que ha dado al sufrimiento valor y sentido por encima de toda previsión humana. Pero esta luz no elimina el misterio.


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