Million Dollar Baby

Página 1

Director: Clint Eastwood

Guion: Paul Haggis
Intérpretes: Clint Eastwood, Hilary Swank, Morgan Freeman, Jay Baruchel, Mike Colter, Lucia Rijker
137 min.
Adultos.

Con 74 años, Clint Eastwood sigue en plena forma creativa. Sin dormirse un momento en los laureles de su anterior film, el aplaudido “Mystic River”, vuelve a entregar otro que ha obtenido el Oscar a la mejor película y otros tres: director, actriz (Hilary Swank) y actor secundario (Morgan Freeman). Y no sólo dirige con mano firme y ritmo sobresaliente su mejor título desde "Sin perdón", sino que entrega una magnífica interpretación.

El guión de Paul Haggis toma elementos de los relatos de boxeo de F.X. Toole, reunidos en el libro “Rope Burns. Stories from the Corner”. Y aunque ambientado en el mundo pugilístico, presenta sobre todo la historia de un tipo, Frankie Dunn, un entrenador de boxeo que por razones no conocidas ha perdido el amor de su hija. La llegada a su gimnasio de Maggie Fitzgerald, una joven terca y decidida, que sueña con triunfar en el “ring”, le ofrece la oportunidad de poner en marcha una suerte de nuevo amor paterno. Y cuando este amor reencontrado se halla en peligro, Frankie se ve en una disyuntiva moral que le puede hundir en el más profundo de los abismos.

La película fluye con enorme naturalidad. La voz en “off” de Morgan Freeman, un completo acierto, se justifica del todo en el desenlace, con una función semejante a la que tenía en “Cadena perpetua”. La armonía es total entre las imágenes de entrenamientos y combates, y los diálogos y silencios necesarios para ahondar en los puntos fuertes y en las heridas profundas de los personajes. Uno de ellos, el torpe púgil Peligro, ofrece el necesario y casi único contrapunto cómico de esta amarga película, aunque tenga también un deje de patetismo. La soledad de Maggie (estupenda Hilary Swank) queda de manifiesto cuando conocemos a su familia, lo que refrenda la percepción de que en Frankie ha encontrado un padre.

Eterno fatalista, Eastwood insiste en la idea de que, con demasiada frecuencia, los mejores planes acaban torciéndose. Pero hay que reconocerle que no hace trampas con el espectador. Cuando uno de los personajes expresa su deseo de morir, el director juega con todas las cartas sobre la mesa. No estamos, ni mucho menos, ante un eco de “Mar adentro”, tampoco por el ponderado retrato que hace la película de Eastwood de un sacerdote católico que tiene calado a su feligrés, y que sabe que su gran “tema” es su hija y no ciertas disquisiciones teológicas de las que le gusta charlar.


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